Ciro Añez Núñez.
No caigamos en la bajeza de buscar consuelo en el mal ajeno, el de todos y tampoco en sentirnos mejor porque otros están peor.
Quien depende de la situación externa o del sufrimiento de otros para sentirse bien nunca experimentará alegría genuina en su vida.
Una mentalidad deformada deriva en la reificación (cosificación) pues cree que el estatus, los objetos y la validación social definen a un ser humano, es decir, que su valía personal depende de la mirada ajena y del consumo, por lo que llevan una vida miserable, con vacío crónico (nada material llena la necesidad de sentido), trato instrumental (los demás se ven como herramientas o trofeos); y profunda inseguridad (el estatus cambia rápido, por lo que el miedo a perderlo es constante).
Cualquier forma de comparación con los demás —ya sea para sentirse superior o para hallar alivio al ver la desgracia ajena— es una trampa mental. Medir el propio bienestar basándose en lo mal que la pasan los demás impide el crecimiento personal.
Quien compara, vive en una competencia enfermiza y demencial, midiendo su propio valor en función de lo que otros poseen o aparentan. Medir el valor de la vida a través de posesiones muestra una ausencia de enfoque, falta de sentido común y una desconexión del bienestar real.
Pensar que tener más cosas te hace mejor, conlleva a perder la paz mental, pues en realidad se está buscando identidad en cosas materiales pasajeras y, automáticamente ingresa a un juego perturbador sin fin, donde obviamente siempre habrá alguien con más cosas, olvidando que las cosas son solo herramientas, no tu valor.
Adviértase, tanto la dicha como la miseria, se fabrican dentro de uno mismo, no dependen de eventos, circunstancias ni de lo que les ocurra a los demás.
El alivio obtenido al mirar el sufrimiento ajeno, aduciendo "yo estoy mejor" es una compensación enfermiza basada en la egomanía materialista.
Una persona lúcida recuerda las situaciones adversas de su vida solo como un registro para no repetirlas, sin buscar validación en el malestar colectivo, por cuanto entiende lo que es aprender sin amargura.
Sentir alivio o pseudo-alegría porque otros también sufren es síntoma de una mente distorsionada; la alegría basada en la desgracia externa no es alegría real, sino una limitación, pues el hecho de depender de la desgracia ajena para sentirse superior, mejor o para encontrar consuelo, no solo es algo feo y despreciable sino es estar esclavo de factores externos.
Las cosas materiales, obviamente, son solo herramientas básicas para la supervivencia física en esta vida temporal o efímera, pero no define la dicha profunda. El equilibrio mental y emocional, no se compra con el éxito material.
La calidad de la existencia no cambia por la marca de un vehículo, de una bebida, de una ropa, por tener empleo, posesiones o por renovar alguna cosa, sino por cuán equilibrado y auténticamente pacífico y alegre se está por dentro.
El enfoque correcto, consiste en que la única medida válida, es si uno mismo es hoy un poco más consciente de lo que era ayer, pues cada ser humano es una vida única, por ende, compararse con otra persona resulta totalmente absurdo y delirante, carente de sentido lógico.
Cuando surge el sufrimiento, la ira o la dificultad, el enfoque no debe estar en cuántas personas padecen lo mismo, sino en mirar hacia adentro para responsabilizarse del propio estado emocional, por ejemplo, sustituir la comparación por gratitud. La gratitud no significa conformismo sino reconocer lo que ya existe mientras se trabaja por lo que se anhela.
La verdadera superación comienza cuando dejamos de preguntar quién tiene más, quién está peor o quién nos reconoce, y empezamos a preguntarnos quién estamos siendo, qué estamos construyendo y si hoy somos un poco mejores que ayer.
Al margen de las etiquetas sociales, que inflan el ego, para el que se las cree, acaban convirtiendo su existencia en rígida, conflictiva y pesada, sin darse cuenta, de que detrás de cualquier rótulo de riqueza, pobreza o poder, el cuerpo y la respiración funcionan exactamente igual en todos los seres humanos.
Quienes llevan una vida compulsiva, la calma llega cuando dejan de
competir con los demás para sentir que valen. No nace de tener más cosas que el
resto del mundo, sino de soltar esa necesidad de compararse, por lo tanto, llevemos
una vida consciente, sensata, alegre, equilibrada y con autorresponsabilidad.