domingo, 30 de agosto de 2026

La ilusión del estatus y la necesidad de una ciudadanía activa.

Ciro Añez Nuñez.

Vivir obsesionado con el estatus y la comparación ajena termina siendo patológico. Es una enfermedad mental nacida del vacío interior, el miedo y la egomanía materialista; una dependencia absoluta de factores externos que confunde el éxito material con el verdadero valor de la existencia.

El estatus no es la vida, sino una ficción social que pertenece a una situación específica (un drama social o financiero) caracterizada por tres rasgos: es transitorio, porque cambia según la economía, el empleo o la opinión ajena; es un rol, pues funciona como un disfraz para interactuar en sociedad (vinculado a la ocupación, la profesión o la posición familiar) pero no define la identidad; y es limitado, ya que depende por completo del contexto externo y de las estructuras humanas.

En cambio, la vida misma es intrínseca, pues tiene valor por el simple hecho de existir; es igual para todos, ya que la energía vital dentro de un rey, un mendigo, un árbol o un insecto es exactamente la misma; y es independiente, puesto que no aumenta con una cuenta bancaria millonaria ni disminuye con la pobreza, los títulos o los reconocimientos.

Confundir ambos conceptos genera un profundo sufrimiento: si crees que tu estatus es tu valor, cualquier pérdida material destruirá tu paz mental; además, se crean falsas identidades que te desconectan de tu experiencia y se distorsiona la realidad, obligándote a ver el mundo a través del filtro de la egolatría en lugar de experimentar la existencia tal como es. Medir el valor de la vida a través de posesiones propias o ajenas muestra una falta de enfoque interno y una desconexión del bienestar real.

Cuando el ser humano comete el error de identificarse y construirse un personaje o una caricatura rígida, resulta que luego vive de miedos porque necesita defenderse (por mantenerse con ese disfraz que se colocó) y sobresalir ante los demás para sentirse seguro.

Quien vive atado al estatus no disfruta de sus propios logros, sino de ver que otros están por debajo o no pueden alcanzar lo que él tiene. En el momento en que una persona empieza a evaluar su vida basándose en si está mejor o peor que otra, entra en un estado de "enfermedad mental".

Es más, aquella idea de buscar acumular "más y más" posesiones, además que destruye el planeta, convierte los bienes en una carga o fuente de preocupación constante, en lugar de un beneficio.

Advirtamos, por ejemplo, lo siguiente: muchos políticos buscan el estatus, el poder y los privilegios económicos antes que el bienestar de la sociedad.

Hablan permanentemente que les interesa su país y el bienestar de todos, pero hacen todo lo contrario. No apuntan, todos juntos, a una misma dirección, a ese bienestar social real que alegan, volviéndose pusilánimes, corruptos, manipuladores, incompasivos y crueles.

En esos extremos, la política deja de ser una vocación de servicio para convertirse en un plan de vida lucrativo, porque se busca el beneficio personal y, pretenden a) vivir del Estado: Muchos funcionarios temen perder su cargo porque no saben cómo subsistir fuera de la función pública; b) Búsqueda de privilegios: El puesto otorga escoltas, influencia y altos ingresos económicos; c) Falta de vocación: El cargo se usa para el enriquecimiento personal y no para ayudar a la gente.

Todo ello provoca, una distancia con la realidad, existe una desconexión (políticos en su burbuja, esto es, la distancia entre el poder y la realidad ciudadana), por ejemplo, quien vive con privilegios no hace fila en un hospital público, no viaja en el transporte masivo de la ciudad, no gana un salario mínimo y desconoce la realidad del trabajador común.

Ante tal situación, el rol de la ciudadanía es importante, es menester ser menos ególatras (Ej.: dejar a un lado, las tonterías del estatus, dejar de medir erróneamente el éxito humano por lo que se posee y la insensatez de pretender probar su valía a través de esa ficción -estatus-, por miedo a ser juzgados o excluidos) y exigir verdaderos cambios de conducta: a) La sociedad debe pedir que los gobernantes se ajusten a la realidad del pueblo; b) Se necesitan líderes con trayectorias limpias y verdadera vocación de servicio; y, c) Control social efectivo basado en la integridad: El poder debe servir a los ciudadanos y no beneficiar a pequeños grupos. Se debe exigir auténtica transparencia y genuina rendición de cuentas, recuperación de los activos sonsacados además de las sanciones correspondientes a todos los delincuentes (políticos corruptos, funcionarios malhechores, etc.) y sus beneficiaros (familiares, testaferros, etc.).

Con todo ello, el vivir de apariencias, conlleva a todo este costo mental y social de la egolatría.