Ciro Añez Núñez.
En el mundo, la violencia es una
experiencia humana profunda y destructiva que va mucho más allá de una cifra o
porcentaje y, se manifiesta de forma alarmante principalmente a través de
guerras, agresiones en sus diferentes categorías, violaciones, violencia
intrafamiliar, conflictos socio políticos, violencia de género, entre otros
más.
La violencia y el abuso no son
expresión o signo de fuerza, sino un reflejo del miedo, la inseguridad y la
falta de dominio propio. Cuando alguien agrede, ataca a otra persona es porque
la percibe indefensa, es porque su propia mente está desequilibrada, enferma,
actuando por instintos básicos y una total falta de empatía.
Es el resultado de una mente
desorganizada y demente, que no ha tomado responsabilidad por su propia
experiencia interna. Para el abusador, agredir es "lo mejor que sabe
hacer" según su bajo nivel de consciencia. Busca ejercer poder sobre el
débil porque es su manera de intentar sentirse grandes o seguros, aunque sea de
forma ilusoria.
Al no entender la vida como algo
para elevar a los demás, opera bajo la ilusión de que el mundo funciona
derrotando o desacreditando al prójimo y aprovechándose de quienes percibe vulnerables, esto
implica tener una mente enferma.
Reaccionar una violencia con otra
violencia, no va a engendrar un tipo adecuado de sociedad.
La agresividad impulsada por la
envidia es una consecuencia directa de la comparación constante y de un
profundo sentimiento de insuficiencia interna. El complejo de superioridad (y
el de inferioridad) son las dos caras de la misma moneda: el ego. No es más que
una ilusión mental creada por compararse constantemente con los demás. Surge
fundamentalmente de la trampa de la comparación social y de juzgarse a uno
mismo basándose en estándares externos. No es un defecto de naturaleza
esencial, sino una construcción psicológica limitante.
En ese sentido, para no envenenar
la propia vida con el resentimiento, es menester alejarse de dicha toxicidad.
A ello, sumar que el conflicto
humano surge cuando nos aferramos a la idea de ser alguien o algo que el
pensamiento ha fabricado (egolatrías, títulos, roles sociales, vínculos, contactos,
creencias), alejándonos de nuestra realidad presente. Percibir la realidad con
claridad, permite eliminar las falsas creencias.
Quién eres no está determinado
por las opiniones de otras personas o, por la presencia de otras personas y
tampoco por la fisicalidad o fisicidad (no está limitado al aspecto físico).
Pero cuando eso, en la práctica, no ocurre en una persona, implica que ella está
viviendo absurdamente una falsa identificación.
Es aquella falsa identificación,
la que conlleva al sufrimiento, porque se empieza a luchar constantemente por
ser algo distinto a lo que realmente somos. Cuando basamos nuestra identidad en
la acumulación de experiencias pasadas o en proyecciones futuras, creamos una
división entre el hecho (lo que eres) y la imagen (lo que crees o deseas ser).
Esta contradicción constante es la fuente directa del desgaste y sufrimiento,
por ende, se está en un estado alucinatorio, porque se vive atrapado en una
construcción mental. Al identificarnos con objetos, ideas o roles ilusorios, el
cerebro opera bajo identidades falsas o imaginadas en proyección del pasado
(buscando seguridad, en lo que imagina, en lo que conoce, en base a lo que
vivió antes, invirtiendo demasiado tiempo únicamente en la fisicidad de la
vida, en sus límites físicos).
En lugar de observar la vida y a
nosotros mismos tal cual somos, nos relacionamos con el mundo a través de un
velo de conceptos inventados y/o impuestos, lo que nos impide percibir la realidad
con claridad. Y en una versión más enferma (trastornada), es basar la identidad
en un complejo de insuficiencia, donde perversamente buscará sentirse mejor a
través del dominio de los demás (el querer poseer, la idea del poder de poseer,
convirtiendo a otro ser humano, en un objeto, mercancía o negocio, pretendiendo
subyugarlo, creando de esta manera, un mundo más enfermo).
Al comprender la totalidad de lo
que somos en el presente, la mente deja de buscar seguridad en identidades
falsas, alcanzando un estado de paz y claridad.
Con todo ello, no basta con crear
leyes, decretos, firmas de acuerdos, o intentar frenar el conflicto afuera, por
cuanto es indispensable calmar los fuegos internos. La única solución duradera
es transformar la consciencia individual para que el ser humano deje de basar
su identidad en el dominio de los demás. Es decir, es mediante la inversión de
tiempo en la transformación del ser humano individual, es personal, no es algo
instantáneo.
El mundo no mejorará, tan solo
por salir a protestar por algunos días, meses o años. La transformación
individual es crucial, para tener seres humanos conscientes e inclusivos (no
limitados exclusivamente a su propia fisicidad, es menester invertir más allá de eso,
incluyendo, conectando sin cálculos ni manipulación), caso contrario,
siempre algo peor vendrá, pues no se acaba enjaulando o aniquilando al otro,
eso es, pura reacción, no es solución.