lunes, 20 de abril de 2026

Es hora de marco normativo pro inversión privada productiva.

Ciro Añez Nuñez.

Recientemente fui entrevistado por el decano de la prensa nacional, “El Diario” (con 122 años de existencia, fundada el 5 de abril de 1904). Conversamos sobre la posibilidad de un marco constitucional que transite hacia la descentralización de la actividad económica.

Al respecto, es menester entender que esta necesidad, constituye un compromiso de todos los bolivianos en búsqueda de mejorar la economía nacional que repercute duramente a las finanzas de las personas, pues al reducir el poder adquisitivo por la inflación, aumentar el desempleo y limitar el acceso al crédito, además de la carencia absoluta de comodidades, provoca un profundo deterioro en las condiciones de vida, impidiendo el ahorro, obligando a las familias a priorizar gastos básicos, lo que a menudo genera estrés financiero.

Digo es tarea de todos, porque la democracia exige participación, no es un "deporte para espectadores", por ende, los ciudadanos deben involucrarse activamente en la corrección de los sistemas, en lugar de solo quejarse.

El dinero podrá brindar comodidades, pero no calidad de vida, no implica automáticamente vivir bien o mejor. Muchas veces se confunde: calidad de vida o vivir mejor, con tan sólo dedicarse a acumular mucho dinero, mostrando opulencia, olvidando que, aunque se ostente mucho dinero, la persona no experimentará bienestar, pues no vivirán mucho mejor, ya que de nada sirve conducir un vehículo de lujo si carece de buen combustible. De nada sirve habitar un lugar donde existen muchos aires acondicionados encendidos, cuando resulta que afuera, el medio ambiente está totalmente contaminado y las enfermedades cada vez se acrecientan más y están al orden del día. De nada sirve usar indumentaria fastuosa, si se está enfermo física o mentalmente; si las calles son inseguras, si todo es corrupción, inseguridad, incertidumbre y existen mafias operando y generando crímenes a diario. Todo eso, para nada es calidad de vida.

La calidad de vida (el “vivir bien” o, como otros, ahora dicen que buscan: vivir mejor), en realidad, depende de la paz y la alegría, del dominio propio y de la armonía.

Es necesario que el mercado se vuelva consciente y en consecuencia, rechace lo que no está bien producido, por lo tanto, la regulación no debe limitarse a la elaboración de normas y reglamentos sino que también debe avanzar hacia la instrucción, información y concientización del público, lo que conllevará a su vez, que la regulación también pueda producirse del lado del mercado.

No debemos caer en locuras, como por ejemplo, aquella perspectiva geopolítica basada en la ley del más fuerte, que sepulta el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, que considera que por poseer bombas nucleares y una gran fabrica bélica, los convierte automáticamente en un país con soberanía, dado que los vuelve en un país no intervenible; y, en consecuencia, llevan una vida en permanente compulsividad, con la locura y la arrogancia de creer que pueden destruirlo todo, sin admitir errores, nunca desean corregirse, invaden y viven creyéndose superiores a los demás, viven de la nostalgia, de sus supuestas glorias y conquistas con delirios de grandeza. Como vemos solo es el sendero de la autodestrucción, tiene que existir otra manera de resolver los conflictos, no por esa ruta del trastorno obsesivo-compulsivo.

Aquí no se trata de ideologías ni de fanatismos dogmáticos filosóficos, sino de pragmatismo basado en los intereses generales, en el bien común, por cuanto, la solución radica en aumentar el tamaño de la economía y mejorar las oportunidades, no en la redistribución forzosa, que es un abuso y puede detener el crecimiento, tampoco es apostando en favor de la delincuencia (lavado de dinero, narcotráfico, contrabando, fraudes, etc.) ni en el caos generalizado, pues éstas dos últimas son una consecuencia de la falta de orden y la corrupción, las cuales complican la vida humana en lugar de solucionarla. 

El desarrollo humano y la reducción de la pobreza económica requieren una visión estructurada, ética y de crecimiento, no caminos que erosionen la estructura social.

La descentralización económica en Bolivia, es totalmente factible y, puede materializarse  mediante reforma parcial de la Constitución boliviana; para ello, es posible realizar dicha transición mediante “Referendo Constitucional Vinculante a la Asamblea Legislativa Plurinacional y al Órgano Ejecutivo nacional”, a objeto de que el pueblo boliviano, mediante democracia directa y participativa y en ejercicio de su poder soberano, apruebe o rechace la reforma parcial de determinados artículos constitucionales estructurales (de todo el sector público incluyendo la descentralización administrativa en materia de administración de justicia y Ministerio Público). Como pueblo, todos debemos dar el paso hacia un auténtico fortalecimiento de la descentralización, aplicando el artículo 411-II de la Constitución Política del Estado y el artículo 23 de la Ley Nº 026 de 30 de junio de 2010, del Régimen Electoral. Esta es la manera debida de hacerlo, de manera consciente, transparente y ordenada.

Ahora bien, si vía referéndum, la decisión está tomada, es decir, el pueblo decide profundizar la descentralización, pues, el siguiente paso, es establecer el marco normativo correspondiente de manera sólida, coherente y bajo un enfoque multidisciplinario, con equipo de profesionales de las distintas áreas pertinentes, con auténtica solvencia ética, experiencia y conocimientos. Esto no es, única y exclusivamente, un asunto de abogados especializados.

No puede haber justicia real, si primero no existe una sociedad que respete la ley. El crimen organizado y la delincuencia solo generan más injusticia; y, son las autoridades y los funcionarios públicos quienes deben dar el ejemplo del respeto y el cumplimiento de la ley, porque lo peor es cuando el saqueo viene de arriba (como dice aquel dicho popular: "los países son como los pescados, empiezan a podrirse desde la cabeza") y emprenden la búsqueda de distraer a la población (incentivando una sociedad del espectáculo basada en el entretenimiento) y la manipulación mediática, mostrando diariamente a viciosos y a ladrones callejeros (como si sólo ellos fueran el problema). 

Amerita que los líderes políticos, autoridades y servidores públicos actúen con transparencia, responsabilidad, integridad, rendición de cuentas y cumplan la ley, en lugar de depender únicamente de leyes morales aferrándose a simples formalismos. La moralidad suele ser ineficaz y cambiante, mientras que la verdadera integridad proviene de una humanidad activa que busca el bienestar colectivo en lugar de la ganancia personal. 

Es necesario acciones estrictas contra la corrupción y la impunidad para los corruptos, no puede ser aceptada. La honestidad, la integridad y la responsabilidad deben convertirse en una forma de vida, no solo en un mandato legal.

Por otro lado, advirtamos, que la falta de competitividad de muchas empresas nacionales en Bolivia no se explica por una sola causa, sino por un entramado institucional, económico y jurídico que termina encareciendo producir, innovar y exportar. Entre esas dificultades podría citar, algunas de ellas:  1) Entorno institucional débil y poco predecible. Entiéndase que, desde el punto de vista constitucional, el problema no es solo “qué dice la norma”, sino cómo se aplica. La inseguridad jurídica —cambios frecuentes de reglas, discrecionalidad administrativa, débil independencia judicial— eleva el riesgo país. Eso desincentiva inversión de largo plazo, tanto nacional como extranjera. Debemos dejar de ser cortoplacistas, mentalidad del negocito, sino de visión sólida a largo plazo. Una empresa no compite bien si no puede planificar a 5-10 años. Los primeros dos años, para una empresa emergente o incipiente, son absolutamente decisorios para la supervivencia y consolidación de una empresa, un periodo crítico donde se define su viabilidad a largo plazo; 2) Sobrerregulación e informalidad estructural, para ninguno es novedad, que Bolivia tiene una economía altamente informal. Esto genera una paradoja, porque resulta que las empresas formales cargan con impuestos, trámites y costos laborales elevados sumado a conflictos procesales que encarecen todo, peor aún ante una profunda crisis judicial, entre ellas por corrupción y subordinación política (que tampoco es novedad, informes tanto nacionales como internacionales independientes han afirmado tal situación. Ej.: World Justice Project), esto es, el alto costo de legalidad; mientras que, por otro lado, las informales compiten sin esas cargas, por ende, el resultado es que se castiga al que cumple la ley. Eso no es un problema “de mercado”, sino de diseño institucional; 3) La baja productividad y poca innovación. Muchas empresas operan con baja tecnología, escaso acceso a financiamiento y poca integración a cadenas globales. Aquí influye: a) Sistema financiero conservador, b) Falta de incentivos reales, c) Rigidez laboral, pues el marco laboral, aunque protector, es poco flexible para la dinámica empresarial moderna. Esto desalienta contratación formal y escalamiento de negocios; d) Débil vínculo, desconexión o falta de colaboración efectiva (debido incluso por burocracias, trabas administrativas) entre las instituciones de educación superior y el sector productivo (empresas), lo que limita la transferencia de conocimientos, la innovación y la pertinencia de la formación profesional; y, e) Dependencia de materias primas, pues resulta que la estructura económica sigue muy centrada en recursos naturales. Eso limita el desarrollo de sectores industriales con mayor valor agregado.

Advirtamos lo siguiente, Bolivia no es formalmente un Estado centralista puro. La Constitución Política del Estado establece un Estado unitario “con autonomías” (departamentales, municipales, regionales e indígena originario campesinas). El problema no es tanto el texto constitucional, sino la brecha entre autonomía formal y autonomía real: competencias limitadas, dependencia fiscal del nivel central y márgenes regulatorios estrechos. Dicho eso, como dije anteriormente, el desarrollo subnacional sí es posible, pero exige moverse con inteligencia dentro de ese marco y fortaleciéndolo con reformas puntales antes mencionadas.

Se debe entender que sí hay poder real en las regiones, aunque el nivel central concentra recursos y decisiones estratégicas, municipios y departamentos tienen herramientas clave, por ejemplo, el Ordenamiento territorial y uso de suelo, Regulación de actividades económicas locales, Compras públicas, Infraestructura urbana y servicios, Promoción productiva (aunque limitada). El error común es esperar transferencias o grandes políticas nacionales. El desarrollo local empieza explotando estas competencias “pequeñas” pero decisivas.

Se debería responder bajo estrategia, como ser: competir por productividad, no por subsidios. Un municipio no puede devaluar moneda ni fijar aranceles, pero sí puede volverse más competitivo en cosas concretas: a) Reducir tiempos y costos para abrir negocios; b) Dar seguridad jurídica local (licencias claras, sin arbitrariedad); c) Invertir en infraestructura crítica (caminos, mercados, logística); d) Facilitar encadenamientos productivos. Y esto, es claramente palpables, pues podemos ver que dos municipios con la misma ley nacional pueden tener resultados opuestos solo por su gestión administrativa, la clave es una gestión basada en la integridad, resiliencia y transparencia.

Las regiones no deben andar pensando en ponerle el pie del peso estatal en el cuello de sus ciudadanos, no deben andar inventándose más cargas impositivas, cuando el pueblo ya sufre un estancamiento, una estanflación.  Dentro del marco constitucional, los gobiernos subnacionales pueden dictar: a) Leyes autonómicas departamentales y, b) Ordenanzas municipales. Aquí hay margen para innovar sin violar la Constitución: 1) Regímenes simplificados de licencias; 2) Incentivos locales (no necesariamente tributarios, pero sí administrativos o logísticos); c) Zonas económicas locales (de facto, no necesariamente “zonas francas” formales). La clave es creatividad jurídica en políticas públicas, sin entrar en conflicto competencial con el nivel central.

El verdadero cuello de botella: la dependencia fiscal. La mayoría de municipios y gobernaciones dependen de transferencias (coparticipación, IDH). Eso limita la autonomía real. Y antes eso, qué podemos hacer, algunas sugerencias, serían: a) Mejorar recaudación propia con ética (catastro actualizado, tasas eficientes): b) Asociaciones público-privadas locales (aunque aún poco desarrolladas); y, c) Mancomunidades municipales para economías de escala. Sin recursos propios, la autonomía es más política que económica.

Hay que diferenciar, cuándo se debe efectuar y agilizar vía decreto o cuándo mediante ley, en la búsqueda de un mejor ambiente de inversión productiva. Como indicaba, se debe responder con estrategia, hay cosas que sí se pueden hacer vía decretos y, otras no.

Cuando un gobierno pretende únicamente gobernar por decreto es un pésimo síntoma, no solo falto de ideas, sino de abuso de poder, corrupción, autoritarismo, etc. Eso tiene que alertarse a cualquier población del país que fuese.

Entonces, la manera de abordarlo, podría ser:  1.- Lo que SÍ puedes acelerar por decreto es por ejemplo: el Ejecutivo puede mover bastante la aguja sin pasar por el parlamento si se enfoca en gestión, reglamentación y simplificación, como ser: a) Destrabar burocracia, que implica Reglamentos que reduzcan plazos de licencias y permisos; Silencio administrativo positivo (si no te responden, se entiende aprobado); Digitalización y ventanillas únicas reales y transparentes. Acabar con el papeleo y la tediosa burocracia.

También, vía decreto, se podría producir: 1) Seguridad jurídica “operativa”, mediante Protocolos claros y públicos para inspecciones, Estándares uniformes entre entidades (menos discrecionalidad), Contratos tipo en APP (Asociaciones Público-Privadas) a largo plazo con integridad, o inversión pública-privada. No contratos de corruptelas; 2) Facilitación sectorial: Reglamentos más claros en minería, hidrocarburos, energía, agro. Agilizar permisos ambientales sin eliminar estándares (plazos y trazabilidad); 3) Promoción de inversión: Agencias de atracción de inversiones con mandato claro, Fast-track para proyectos estratégicos (que en algunos aspectos ya se han ido efectuando, como por ejemplo, el Decreto Supremo # 5503 de 2025); entre otras más opciones creativas que se podrían efectuar.

Todo esto no cambia la ley, pero reduce el costo real de invertir, que muchas veces es más decisivo que el simple texto legal.

Ahora bien, entre los asuntos que NO se puede hacer por decreto (y si se requiere de ley), mencionar obviamente, los siguientes: a) Régimen tributario (Crear, eliminar o modificar impuestos. Dar estabilidad tributaria de largo plazo); b) Régimen de propiedad y recursos naturales; c) dar Garantías reforzadas a la inversión; c) Marco laboral, amerita que exista Flexibilización laboral acorde a estos tiempos; d) Asociaciones público-privadas de gran escala, especialmente si implican compromisos fiscales relevantes; entre otros más.

En estos temas, el parlamento tiene la última palabra. Intentar saltarlo vía decreto suele terminar en inseguridad jurídica, inconstitucionalidad y abuso de poder.