lunes, 12 de octubre de 2026

La mentalidad del mafioso: cuando la impunidad se confunde con inteligencia y el dinero con decencia.

Ciro Añez Núñez.

El gran problema es cuando toda una sociedad adquiere la mentalidad del mafioso, que justifica la ilegalidad, desprecia la honestidad y considera que el éxito económico puede borrar cualquier cuestionamiento, por lo tanto, es la total insensatez elemental y la búsqueda de ausencia absoluta de responsabilidad.

En ese contexto, el delincuente deja de verse a sí mismo como tal y se considera astuto, poderoso e incluso superior a quienes viven y trabajan dentro de la legalidad, pues los desprecian y se burlan, al extremo que consideran cobarde, tonto y que está en decadencia, obsoleto y rezagado (que se está quedando muy atrás), a quien se esfuerza por actuar sobre seguro cumpliendo la norma, pues bajo la perspectiva del mafioso lo único que más le interesa son los mayores ingresos económicos, el dinero, las ganancias, el hacer mucho en el menor tiempo, a través de la mentira y el engaño, cometiendo ilicitudes e ilegalidades, como ser: evadir impuestos, engañar, sobornar, estafar, falsificar, robar, suplantar identidades, lavar dinero, ganar dinero mediante el cabildeo venal o lobby corrupto, etc.; y, resulta que por hacer eso, cree que es mucho campeón, que es una persona muy productiva, exitosa, inteligente, valiente, sagaz y hábil. Así de cínico y sinvergüenza es el hampón (maleante).

Esta es, precisamente, una de las características más preocupantes de la mentalidad mafiosa: el pragmatismo sin escrúpulos, según el cual lo único que importa es conseguir el resultado deseado, sin reparar en los medios utilizados ni en el daño causado.

La lógica del mafioso es simple: «Lo que llaman justicia es lo que digan las autoridades competentes, por ende, pagamos a la justicia para que actúe a nuestro favor; así, nada de lo que hagamos es delito y fin de la historia». Para ellos, el delito no existe por lo que diga una ley o un código, sino por lo que decidan las referidas autoridades, por lo tanto, a punta de corrupción al sistema, logran su cometido, pagan por ello, instaurándose la clase corrupta, las redes de corrupción y la mafia institucionalizada. Si tras un breve tiempo en prisión son liberados mediante sobreseimientos, absoluciones o la extinción de la acción penal —o simplemente si el caso se congela y logran huir del país bajo medidas sustitutivas—, su conclusión es contundente: nunca hubo delito porque jamás se les probó nada. Esa es, en esencia, la mentalidad del mafioso.

Desde esa lógica, la justicia no se concibe como un sistema de principios, garantías y normas de cumplimiento obligatorio, sino como un obstáculo que puede neutralizarse mediante dinero, influencias, favores o presiones.

La ley deja de ser un límite y se convierte en una variable negociable. El razonamiento es tan simple como peligroso: si puedo comprar protección, manipular un procedimiento o conseguir que una investigación no llegue a sus últimas consecuencias, entonces puedo actuar como quiera.

El problema de esta mentalidad no reside únicamente en la comisión de delitos, sino en la convicción de que todo tiene un precio, incluidos la verdad, la justicia y la responsabilidad.

No se debe promover la impunidad como falsa prueba de inocencia. Una de las expresiones más perversas de esta incultura aparece cuando se confunde la falta de una condena con la inexistencia de un delito. Si una investigación concluye sin acusación, si una persona resulta absuelta o si un proceso termina por una causa legal de extinción, algunos interpretan automáticamente que nunca hubo conducta ilícita alguna.

Sin embargo, una resolución judicial debe entenderse conforme a sus fundamentos y a las circunstancias concretas del caso. Una absolución no equivale necesariamente a una declaración histórica de que nada ocurrió, del mismo modo que una denuncia tampoco demuestra culpabilidad. El Estado de Derecho exige respetar la presunción de inocencia, las garantías procesales y las decisiones judiciales, pero también demanda instituciones capaces de investigar con independencia, objetividad y eficacia.

La distorsión surge cuando la persona que ha logrado eludir las consecuencias de sus actos —por cualquier mecanismo, legítimo o ilegítimo— convierte ese resultado en una supuesta demostración de superioridad. Si el proceso no prosperó por deficiencias investigativas, negligencia, presiones indebidas o corrupción, la conclusión no debería ser que el sistema ha demostrado la inexistencia de un problema, sino que corresponde examinar las causas de su fracaso.

Cuando la justicia se percibe como comprable, la impunidad deja de ser una anomalía y comienza a funcionar como un incentivo. Quien dispone de recursos o conexiones puede llegar a considerar que el riesgo de delinquir (sobornar, falsificar, mentir para engañar, estafar, etc.) es simplemente un costo más de sus negocios.

Y cuando esa percepción se generaliza, la confianza pública se deteriora, las víctimas pierden la esperanza de obtener reparación y quienes cumplen la ley pueden llegar a sentirse en desventaja frente a quienes la vulneran.

Es así cuando la delincuencia se disfraza de éxito, por cuanto, la mentalidad mafiosa no se desarrolla en el vacío, pues encuentra terreno fértil en una sociedad que admira la riqueza sin preguntar por su origen, que celebra el poder sin examinar cómo se obtuvo y que confunde la capacidad de imponerse con la verdadera inteligencia.

En ese ambiente, engañar, falsificar, sobornar o incumplir deliberadamente una obligación puede presentarse como una muestra de viveza (la viveza criolla).

Al que respeta las reglas se lo tilda de ingenuo; al que encuentra la manera de eludirlas, de inteligente. Así se invierten los valores: la honestidad parece una desventaja y la deshonestidad se convierte en una supuesta habilidad para triunfar.

Lo más preocupante es que esta lógica puede trascender los círculos estrictamente delictivos. También aparece en los pequeños fraudes cotidianos, en la evasión deliberada de responsabilidades, en el soborno justificado como una solución práctica y en la admiración por quienes exhiben bienes cuyo origen nadie se atreve a cuestionar.

No se trata de sospechar de toda persona que posee riqueza, ni de convertir el éxito económico en motivo de reproche. Se trata de comprender que el dinero, por sí solo, no acredita honestidad, decencia, tampoco inteligencia ni calidad humana. La riqueza puede ser fruto del trabajo decente, la creatividad y la inversión legítima; pero también puede provenir de actividades ilícitas. La diferencia fundamental no está en cuánto se posee, sino en cómo se obtuvo y qué medios se utilizaron para conseguirlo.

Acumular dinero no convierte automáticamente a nadie en una persona íntegra. La reputación, la integridad y la confianza no se compran con un automóvil de lujo, una residencia costosa, una cuenta millonaria o una posición de poder.

Una sociedad que admira los resultados sin examinar los medios termina enviando un mensaje devastador: lo importante no es hacer lo correcto, sino conseguir lo que se desea y evitar que las consecuencias alcancen al responsable.

Frente a esta realidad, es necesario formular una pregunta incómoda: ¿de dónde surge una mentalidad que normaliza el engaño y desprecia la honestidad?

La respuesta no puede reducirse a una sola causa. La corrupción responde a factores institucionales, económicos, culturales y personales. Sin embargo, existe un espacio fundamental en el que se forman las primeras nociones sobre lo correcto y lo incorrecto: el hogar.

La familia constituye una de las primeras escuelas de conducta. Los hijos no aprenden únicamente de los discursos o lo que escriban sus padres, sino, sobre todo, de sus comportamientos. Un adulto puede hablar durante horas sobre honestidad, pero si después soborna a un funcionario para evitar una multa o para obtener algo en el menor tiempo posible, celebra que su hijo copie en un examen o justifica quedarse con dinero que no le pertenece, la enseñanza real será muy distinta de sus palabras.

El mensaje implícito es que las normas deben cumplirse únicamente cuando conviene y que la deshonestidad puede justificarse si produce algún beneficio.

Lo mismo sucede cuando se incumple la palabra, se engaña a un cliente o a un trabajador, se manipulan las reglas o se presenta como una proeza haber obtenido una ventaja mediante la trampa. Esas conductas, aparentemente pequeñas, contribuyen a normalizar una forma de pensar en la que los principios son negociables.

Esto no significa que todos los jóvenes reproduzcan necesariamente los comportamientos de sus familias ni que la responsabilidad de la corrupción recaiga exclusivamente en los padres. La educación, las amistades, el entorno social, las instituciones y las oportunidades también influyen. Pero sería un error ignorar que la formación ética comienza mucho antes de que una persona llegue a una universidad, ocupe un cargo público o dirija una empresa.

Las universidades pueden enseñar Derecho, economía, administración y otras disciplinas con rigor académico. También pueden promover la ética profesional. Sin embargo, difícilmente podrán corregir por sí solas una cultura de la honradez profundamente arraigada si el entorno familiar y social continúa premiando las conductas contrarias a los valores que pretenden enseñar.

Si el problema tiene una dimensión cultural, la respuesta no puede limitarse a incrementar las penas, aprobar nuevas leyes, posesionar autoridades con mucho ruido y rimbombancia o multiplicar las campañas institucionales. La sanción es necesaria cuando corresponde, pero la prevención exige un trabajo más profundo y constante. Para educar en integridad, es menester menos discursos y más coherencia, enseñar con el ejemplo.

El primer paso consiste en dejar de justificar la denominada micro-corrupción cotidiana, como, por ejemplo: copiar en un examen, alterar información, quedarse deliberadamente con un vuelto equivocado, falsificar un documento o pagar un soborno no son muestras de viveza. Son comportamientos deshonestos cuya gravedad jurídica dependerá de las circunstancias, pero cuyo significado ético no debería relativizarse.

La educación en integridad requiere llamar a las cosas por su nombre, sin dramatizaciones innecesarias, pero también sin eufemismos que conviertan la trampa en una virtud.

El segundo paso consiste en redefinir el éxito familiar. Los hijos necesitan comprender que el valor de una persona no depende de la marca de su automóvil, del barrio donde vive o de la cantidad de dinero que exhibe. El esfuerzo, la responsabilidad, la creatividad, la honestidad y la capacidad de cumplir la palabra deben recibir tanto reconocimiento como los resultados materiales.

También es importante enseñar que el dinero obtenido legítimamente puede proporcionar bienestar, pero que la obsesión en la búsqueda de riqueza a cualquier precio puede destruir aquello que supuestamente pretende alcanzar: la tranquilidad, la confianza, la libertad y la estabilidad familiar.

El dinero mal habido puede traer consecuencias penales, patrimoniales y reputacionales, además de afectar a las víctimas y a terceros. No obstante, incluso al margen de una sanción judicial, vivir de la mentira implica deteriorar los vínculos de confianza que hacen posible una convivencia digna.

Educar en integridad significa comprender que no todo lo rentable es aceptable y que existen límites que no deben cruzarse, aunque hacerlo parezca conveniente.

Cabe mencionar que la transformación cultural tampoco puede dejarse exclusivamente en manos de las familias. Las escuelas, las universidades, las empresas, los medios de comunicación, las organizaciones comunitarias y, especialmente, las instituciones públicas tienen una responsabilidad compartida.

Los centros educativos pueden fortalecer la formación ética de los padres mediante programas de orientación y corresponsabilidad familiar. Estas iniciativas deben ser accesibles, prácticas y respetuosas de los derechos de las familias, evitando que la educación se convierta en un mecanismo de exclusión o en una imposición burocrática.

Los medios de comunicación y las redes sociales, por su parte, pueden contribuir a desmontar la imagen romántica del delincuente exitoso. En lugar de glorificar el lujo, el poder y la ostentación sin examinar su procedencia, pueden mostrar el costo humano, económico e institucional de la corrupción y del delito.

La sociedad también necesita recuperar la capacidad de cuestionar las conductas deshonestas sin caer en la difamación, el linchamiento moral o la condena anticipada. La responsabilidad social debe expresarse mediante la exigencia de transparencia, el rechazo de prácticas corruptas, la denuncia responsable y el respeto al debido proceso.

Pero hay una condición indispensable: las instituciones deben ofrecer un ejemplo coherente. No es razonable exigir honestidad a los ciudadanos mientras los mecanismos de contratación pública, fiscalización, investigación y administración de justicia son percibidos como opacos o susceptibles de manipulación.

La prevención del delito requiere controles efectivos, procedimientos transparentes, rendición de cuentas y consecuencias oportunas. También exige reducir las oportunidades de corrupción, limitar la discrecionalidad injustificada y proteger a quienes denuncian irregularidades.

Una cultura de integridad no se construye solamente apelando a la conciencia individual. Necesita instituciones que hagan posible actuar correctamente y que impidan, en la medida de lo posible, que la deshonestidad resulte más rentable que el cumplimiento de la ley.

Se requiere de una sociedad que no premie la deshonestidad, pues la mentalidad mafiosa representa mucho más que una disposición individual a cometer delitos. Es una forma de entender el mundo en la que el poder sustituye al derecho, el dinero pretende reemplazar a la dignidad y la impunidad se interpreta como una demostración de inteligencia.

Combatirla exige una doble tarea: fortalecer las instituciones y transformar los patrones culturales que legitiman la trampa. No basta con perseguir a quienes cometen delitos si, al mismo tiempo, se continúa admirando su riqueza, justificando sus métodos y presentando su capacidad para evadir responsabilidades como una virtud.

Tampoco basta con exhortar a las familias a educar mejor si el entorno social premia sistemáticamente la ostentación, la influencia y el enriquecimiento sin importar su procedencia.

La verdadera valentía no consiste en infringir las reglas y desafiar las consecuencias. Consiste en actuar con rectitud incluso cuando nadie observa, cuando la conducta honesta supone una desventaja inmediata o cuando existe la oportunidad de obtener un beneficio indebido.

La verdadera inteligencia no consiste en encontrar la manera de engañar al sistema, sino en comprender que ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente sobre la desconfianza, la corrupción y el desprecio por las normas.

Y la verdadera decencia no se mide por lo que una persona posee, sino por la manera en que vive, trabaja, trata a los demás y asume las consecuencias de sus decisiones.

El hogar es uno de los primeros espacios donde se aprende la integridad; las instituciones son el lugar donde esa integridad debe encontrar respaldo, y la sociedad es el escenario donde se decide qué conductas merecen reconocimiento. Si queremos una sociedad menos corrupta, debemos dejar de admirar al que engaña y comenzar a respetar a quien hace lo correcto, incluso cuando hacerlo no le proporciona ventajas inmediatas.

Porque el problema más profundo no aparece solamente cuando alguien comete un delito. Aparece cuando una sociedad comienza a considerar que cometerlo, siempre que se tenga dinero o influencia para evitar sus consecuencias, es una forma legítima de triunfar.