sábado, 21 de febrero de 2026

Promovamos conciencia colectiva

Ciro Añez Núñez.

En el año 2023, escribí un artículo titulado: “El gran problema de vivir desordenado y en la apariencia”, donde explicaba sobre las cuatro finalidades básicas de los Estados, que consiste en asegurar “buena”: salud, seguridad, educación y justicia acompañada de una administración pública ética, que protege libertad y propiedad privada sin invadir constantemente la vida privada de las personas. De no cumplirse tal mínima situación es una muestra del total desorden existente en un país.

Todo el ajuste económico social que actualmente experimentamos, es pues consecuencia de más de veinte años de gestión estatal disfuncional, donde no les importó la educación de calidad tampoco invirtieron en salud ni en seguridad jurídica, tan sólo fue proyecto de poder, no de país y menos aún proyecto de futuro. Y cuando hablamos de Estado, nos estamos refiriendo a todo el aparato estatal, tanto Estado central con absolutamente todos los miembros de los órganos ejecutivo, legislativo, judicial, electoral, etc., así como también los gobiernos denominados autónomos, como ser: gobernaciones, municipios y demás.

Es tanta la hipocresía de algunos antiguos actores políticos, quienes habiendo detentado el poder y estuvieron en la administración pública pasada, resulta que ahora se atreven desvergonzadamente a culpar (en el presente) a los demás sobre el desastre económico provocado por ellos mismos en el pasado; y, para el colmo de males, son todavía manipuladores, instigadores y fomentadores de discordia, utilizando aquella trillada mala práctica de la absurda victimización y de generar odios, rencores, rivalidades y división entre los propios bolivianos, en vez de buscar la unidad del pueblo boliviano por una verdadera mejora integra, inclusiva e integral.

La corrupción debe dejar de ser un modelo de poder, donde muchos sólo desean ser funcionarios públicos para enriquecerse, llenándose sus bolsillos con dinero maculado. Aquel que tenga el llamado a ser político o funcionario público, debe antes prepararse lo mejor posible y luego recién acudir a cargos públicos, para aportar a su país, pues se supone que son “servidores” públicos, no vividores públicos.

Es decir, quien ingrese a la función pública, debe hacerlo desde su abundancia interior, no desde su necesidad (que va y acude a la administración pública, sólo para asegurarse un cheque mensual durante los próximos cinco años o, si es un cargo temporal, tan sólo piense en la manera de sacar más provecho económico de la forma más rápida posible, a través de intereses creados y deshonestos, instaurando redes de corrupción).

De allí que ese modelo de poder (que consiste en la desvergonzada instrumentalización de la corrupción) necesita, de la ignorancia, la división y la desesperanza, para sostenerse.

Si los bolivianos realmente deseamos mejorar y estabilizarnos, debemos dejar a un lado toda aquella nociva tolerancia social a la mentira, a la mediocridad, a la corrupción (donde hace más dinero, quien tiene menos escrúpulos y, es tan sinvergüenza, que todavía se cree muy decente y próspero frente a los demás), acostumbrados a los vivales del soborno, a los que buscan los “buenos contactos” con algún funcionario público (que le permita aprovechar los desarbitrajes, lo cual, no es otra cosa, que corrupción pura y dura y, competencia desleal), la viveza criolla, la hipocresía de la lucha contra el contrabando, cuando existen grandes ferias urbanas y mercados monumentales al contrabando, todo eso, debemos desecharlo y, pasar al mérito y al esfuerzo en la creación de valor agregado, sin pesimismo tampoco pánico (aquel exceso de miedo, que frena el progreso y provoca malas decisiones) y sin soberbia (creyéndonos infalibles e infectados de avaricia). 

Es de esa manera que habrá movilidad social, caso contrario, será una sociedad estancada. Cuando hay movilidad social, existe, por ejemplo, créditos sanos, lo cual implica que hay plazo, que hay moneda, que permite a alguien, que pueda financiar la materialización de su buena idea (por ende, en términos económicos, el crédito es justicia social, porque permite utilizar el acceso al financiamiento como una herramienta para reducir la desigualdad, permitiendo que personas y empresas sin capital propio accedan a oportunidades de desarrollo).

Por otro lado, no olvidemos que todos los cambios económicos son demográficos, por lo tanto, se debe tomar en cuenta el sistema jubilatorio, donde en vez de promover la fuga de jóvenes y de talentos (creyendo que el pasto del vecino siempre será más verde que el nuestro), debiéramos más bien, brindar las condiciones necesarias de seguridad jurídica y educación, para que la clase activa permanezca en su terruño, aporte y respalde a su propio país, con crecimiento y desarrollo.

Para ello, se requiere de una sociedad que valore el mérito con integridad (que es generadora de confianza), que guarde un equilibrio con los intereses generales (denominado habitualmente como “el bien común”) y con políticas redistributivas, como ser: sistemas educativos y de salud de alta calidad, así como impuestos razonables que permitan nivelar el punto de partida de todos los ciudadanos.

Todo eso, no surge del azar, se requiere de instrucción de calidad (conocimientos, estar debidamente informados), seguridad jurídica y certidumbre (que incluye una verdadera administración de justicia independiente y de calidad, sin impostores), sin estos tres factores, seguirá reproduciéndose el pánico (que paraliza el desarrollo) y la total desconfianza en la función pública.

Advirtamos, el ser joven no es un mérito, es tan sólo parte del proceso de la vida, los actuales jóvenes obviamente llegarán a ser luego adultos mayores, por lo tanto, amerita que éstos tengan sólidas nociones básicas de educación y disciplina financiera (la importancia de la planificación, el ahorro, la inversión, el control y monitoreo de gastos. Dejar de pensar que se ahorra, consumiendo).

Los jóvenes no deben desaprovechar los tiempos, sus tiempos, saber subirse o montarse al ciclo del tiempo, caso contrario, éste los terminará aplastando. Hay que saber interpretar la realidad actual con claridad y con visión prospectiva. Los procesos demográficos son los que generan cambios económicos fenomenales.

Por ejemplo, para una sociedad productiva, de nada sirve guardar dólares en el Colchón Bank, pues el dinero se deprecia y cada vez comprará menos cosas, se requiere saltar del ahorro a la inversión. Y para ello, nuevamente, debemos recordar que se necesita tener educación, seguridad jurídica y certidumbre.

No es aconsejable, encumbrar una sociedad corrompida y tampoco una juventud viciosa sino emprendedora con integridad, formal y que genere valor agregado.

Cuando la economía real se enfría, ningún esquema financiero resiste. No es con carry trade (bicicleta financiera) que se solucionará la economía de un país, pues lo único que provoca es aumentar la inflación. La magia financiera no existe, tarde o temprano, toda una nación, la paga. Evitemos ser una sociedad que viva con permanente inflación, donde el activo, cada vez resulta que vale menos.

Una economía sin tracción o cerrándose como un erizo, salarios y retiros perdiendo capacidad adquisitiva (poder de compra), la consecuencia, debería ser la deflación; sin embargo, la timba del carry trade y la tasa positiva con dólar pisado, posteriormente, resulta más dañina y costosa (situación inestable, que a menudo, conlleva el riesgo de que el dólar resorte o la fuga de capitales, cuando la confianza se pierde). La estabilidad que no genera desarrollo es un castillo de naipes o de arena.

Ahora bien, para todo lo antes mencionado es menester la conciencia colectiva. Cada vez que alguien cuestiona, analiza y deja de fanatizarse, está produciendo ese cambio que necesitamos. No es inmediato, tampoco es mágico. No es de un día para el otro, pero tampoco es imposible.

Los países no cambian por casualidad ni por suerte. Cambian cuando la cultura empieza a decir: “Ya basta, hasta acá y no más”. Y eso empieza en el cambio de mentalidad. No es hoy el resultado final, pero hoy puede ser el comienzo. Cuando la cultura cambia, la política cambia. Y cuando la política cambia, la economía mejora.

Promovamos la elevación de la conciencia colectiva superando divisiones nacionales, regionales, religiosas y culturales para crear un país unido y sostenible, pasemos de una existencia compulsiva e instintiva a una vida consciente y responsable, destacando la interconexión humana que busca soluciones, no consuelo y, la necesidad de cuidar el suelo, mediante la acción consciente y el desarrollo personal, convirtiendo el trabajo en una expresión de alegría y no en una búsqueda de tan sólo resultados, sufriendo por las expectativas inventadas o imaginadas en nuestra mente sino con pragmatismo y unidad.

Finalmente, para los aficionados a los milagros sobrenaturales, cabe mencionar que, en estos temas, el verdadero milagro es una sociedad despierta.