lunes, 17 de octubre de 2011

Populismo sinofóbico.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y licenciado en Derecho con Premio Extraordinario de fin de carrera por la Universidad de Valencia. Actualmente es profesor de la  Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y en el centro de estudios ISEAD.

 
"El proteccionismo nunca ha sido una respuesta acertada para las crisis". [Lo que se debe evitar] "Lo último que necesitamos ahora es una guerra comercial. Más que nada porque las guerras comerciales suelen ir seguidas de guerras reales dirigidas a garantizarse la provisión de recursos indispensables".


A estas alturas de la película, imagino que la Unión Europea ya se habrá puesto manos a la obra para preparar un enorme incremento arancelario a esa desvergonzada Confederación Helvética que hace un mes tuvo la osadía de establecer un tipo de cambio mínimo de 1,2 francos suizos por euro. O, al menos, semejante disparate debería estar en cocina si atendemos a las resoluciones que al otro lado del charco, en EEUU, esa patria del neoliberalismo salvaje, se están aprobando para implementar la que probablemente sería la decisión política más catastrófica en estos últimos cuatro años: la posibilidad de imponerles aranceles a aquellos países que mantengan sus divisas “manipuladas”, es decir, a China.

Es sabido que el Banco Central de China mantiene desde hace años una política destinada a esterilizar la apreciación de su divisa, el yuan, con respecto al dólar. Básicamente, la autoridad monetaria china se dedica a comprar todos los dólares que se le venden mediante la creación de nuevos yuanes (la mayor demanda de yuanes es compensada por una mayor oferta); si, por el contrario, el instituto emisor congelara la cantidad de yuanes, su tipo de cambio repuntaría de manera muy sustancial (más demanda de yuanes, misma oferta), lo que en contrapartida significaría que el dólar se depreciaría y, supuestamente, los flujos comerciales entre China y EEUU tenderían a igualarse. Es por ello que diversos políticos y analistas estadounidenses llevan tiempo acusando a China de mantener su moneda artificialmente depreciada, lo que a su modo de ver equivale a subvencionar las exportaciones del gigante asiático (una especie de dumping comercial). ¿La respuesta? Si China no deja apreciar su divisa un 30%-40%, parecería de sentido común que EEUU establezca aranceles frente a los productos chinos del 30%-40%.

Las múltiples implicaciones del tema son demasiado espinosas como para tratarlas en detalle en una breve columna. Por un lado, los principales perjudicados por la política de estabilización cambiaria china son los propios chinos, quienes están ligando crecientemente la supervivencia de su moneda a una divisa, el dólar, que hace gala de estar siendo gestionada de la manera lo más irresponsable posible. ¿Le confiaría usted sus ahorros a un gestor que reiteradamente insiste en la necesidad de hundirlos de valor? No lo creo y los chinos ya están empezando a padecer las consecuencias a través de una elevada inflación –en parte canalizada hacia activos inmobiliarios, con la correspondiente burbuja– que sólo están siendo capaces de contener restringiendo el crédito bancario interno (por ejemplo, incrementando el coeficiente de caja de sus bancos). Por otro, la reinversión en activos estadounidenses (básicamente, en deuda pública y en deuda privada hipotecaria) de los dólares adquiridos por el Banco Central de China se halla en el origen de la actual crisis: si los mismos dólares que son utilizados para crear nuevos yuanes se destinan, a la vez, a invertirlos en EEUU, es evidente que se está generando una doble disponibilidad de recursos (un desequilibrio entre inversión vía crédito y ahorro real).

En consecuencia, China debería o dejar de estabilizar su divisa o, en todo caso, continuar estabilizándola pero dejando de reinvertir en activos estadounidenses a largo plazo los dólares que monetiza: sólo así resolveríamos los auténticos desequilibrios estructurales en los flujos financieros internacionales. El problema es que los aranceles con los que EEUU amenaza a China no equivalen a ninguna de ambas medidas: el comercio entre ambos países se hundiría (en especial si China responde a EEUU con nuevos aranceles), pero China podría continuar monetizando los dólares que siguiera recibiendo (e incluso optar por hacerlo en mayor medida, para depreciar el yuan y compensar parcialmente los aranceles estadounidenses); es decir, como desear ardientemente Bernanke, serían los EEUU quienes se tragarían una mayor parte de la inflación del dólar que hoy se canaliza en parte a China.

Al cabo, el proteccionismo nunca ha sido una respuesta acertada para las crisis. Si nos parecería absurdo que la UE decidiera imponerle aranceles a Suiza por hacer con divisa exactamente lo mismo que China con la suya, también debería parecérnoslo que EEUU se plantee hacerlo frente al país asiático. En unos momentos en los que los patrones productivos y los planes de negocio de los empresarios se están reestructurando, resulta desastroso obligarles a que se reestructuren todavía más cerrándoles parte de los mercados internacionales a los que estaban vendiendo. Los aranceles suponen dinamitar la división internacional del trabajo, de la que todos –también EEUU– salen beneficiados.

No olvidemos que el 50% de las exportaciones chinas están constituidas por bienes intermedios y de capital que, al ser muchísimo más baratos de producir que en Occidente, elevan la productividad y la competitividad de las industrias estadounidenses.

Lo último que necesitamos ahora es una guerra comercial. Más que nada porque las guerras comerciales suelen ir seguidas de guerras reales dirigidas a garantizarse la provisión de recursos indispensables (el famoso Lebensraum nazi). ¿Sabía, por ejemplo, que el 97% de las “tierras raras” (minerales esenciales para prácticamente todos los cachivaches tecnológicos que utilizamos) están presentes en China? Pues eso: ya lo dijo ese gran economista liberal francés llamado Frédéric Bastiat, “si las mercancías no cruzan las fronteras, lo harán los soldados”. Esperemos que la Cámara de Representantes con mayoría republicana apague la mecha que irresponsablemente ha encendido el Senado con mayoría demócrata.