Ciro Añez Nuñez.
Bolivia se declara
un Estado pacifista, promoviendo la cultura de paz y el derecho de los pueblos
y de las personas a vivir sin violencia (art.
10 de la Constitución boliviana).
El derecho a vivir
en paz en el mundo, debiera ser una cultura activa en nuestro día a día. La paz
no es un objetivo de la vida sino su fundamento mismo (advirtamos, la
naturaleza nos muestra que existe una armonía y un equilibrio, donde todos
estamos integrados e interconectados) pero a pesar de ello, en líneas
generales, muchos seres humanos, confunden su propio drama psicológico
emocional como si fuese su realidad existencial.
Todos los
extremos (fanatismos) son nocivos, porque implica pérdida de
sentido común. En ese sentido, si bien la economía obviamente es importante,
pero si no existe un equilibrio y la convertimos en lo más importante de la
vida (al extremo de considerarla mucho más importante incluso que
nuestra propia vida y/o salud), resulta que frente a los recursos
limitados, las guerras acaban siendo inevitables y la paz bajo ese enfoque, es
imposible, perdiendo el sentido de la vida y de la humanidad, degenerándose
nuestra existencia en violencia sumado al sacrificio de la salud del ser humano
debido a las fuerzas comerciales, quienes imponen a manera de moda, qué debes
comer, qué debes beber y cómo deberías vivir, basados únicamente en la
conveniencia de orden financiero, sin importarles las graves consecuencias que
todo ello acarrea, como ser, la degradación del suelo, los alimentos con
carencia de micronutrientes, entre otros males más, olvidando que sin ecología
no se puede construir una economía fuerte.
Es así que la
consciencia humana es quien debería decidir la naturaleza de la existencia
humana y en consecuencia las fuerzas comerciales, deberían servir a dicho
propósito; sin embargo, está ocurriendo todo lo contrario, es decir, las
fuerzas de ventas, son las que están determinando la naturaleza de la
existencia humana, sólo y únicamente con motivos o fines estrictamente
económicos y muchas veces sin sentido común, tal es el caso de confundir
alimento con producto comercial, mediante la manipulación de los sentimientos y
de las emociones de las personas, de la mente compradora.
Si las personas no
experimentan una verdadera paz interior en sus vidas, debido a que acaban
siendo títeres de sus emociones y pensamientos descontrolados, confundiendo
felicidad con placer, creyendo que su dicha depende de alguien o de algo (aparentar,
alcanzar, tener o lograr algo), lamentablemente estarán condenados a
llevar una vida bajo compulsión.
No debemos caer en
locuras, como por ejemplo, aquella perspectiva geopolítica basada en la ley del
más fuerte, que sepulta el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, que
considera que por poseer bombas nucleares y una gran fabrica bélica, los
convierte automáticamente en un país con soberanía, dado que los vuelve en un
país no intervenible; y, en consecuencia, llevan una vida en permanente
compulsividad, insensatez y arrogancia de creer que pueden destruirlo todo, sin
admitir errores, nunca desean corregirse, invaden territorios y viven
creyéndose superiores a los demás, viven de la nostalgia, de sus supuestas
glorias y conquistas con delirios de grandeza. Como vemos, ese es, el sendero
de la autodestrucción, por lo tanto, tiene que existir otra manera de resolver
los conflictos, no por esa ruta del trastorno obsesivo-compulsivo.
Por otro lado, no se
debe confundir tener competencia con competitividad. Hay que ser competentes (superar nuestros propios límites y explorar
nuestro máximo potencial, haciendo todo en la cima de nuestras posibilidades),
no competitivos (pues eso, es una
enfermedad).
La ideología social
generalizada de la egomanía materialista, lleva consigo la absurda idea de la
competitividad (cuyo efecto es gente
enferma que desea el fracaso ajeno, anhela que a los demás les vaya mal para
uno poder sobresalir. El querer ser mejor que los demás surge de una mentalidad
condicionada a la validación externa -logros o fracasos-; por consiguiente, en
lugar de enfocarse en la ilusión de superioridad -donde su sentido de valía es
medido por circunstancias externas-, debería centrase en su propio crecimiento
interior, en explorar su propio potencial), cayendo en la trampa de los
ciclos tóxicos de la comparación (de que,
si superas a alguien, te vuelves arrogante; si te quedas atrás, te deprimes.
Ambas actitudes limitan el crecimiento real), viviendo esclavos de factores
externos, identificados en la noción social de éxito, fama, apariencias,
riqueza, posesión, poder y dominio, lo cual conlleva a celos, odios,
resentimientos, envidias, hasta llegar a la agresividad de la violencia (que es el límite de la incompetencia),
teniendo todo ello, consecuencias graves para el bienestar humano (desde los conflictos interpersonales hasta
los abusos físicos y psicológicos, guerras, abuso de poder, corrupción, atracos,
bloqueos de carreteras, protestas violentas, etc.).
La vida no es una
carrera (eso es algo absurdo, pues tarde
o temprano, todos llegamos a la misma meta, esto es, la muerte, por ende, no
tiene sentido correr apresurados). En la naturaleza, todo florece a su
propia manera única. La verdadera alegría y plenitud llegan cuando nos
liberamos de las expectativas ajenas y vivimos en paz con nosotros mismos.
Es menester llevar
una vida consciente, disolver el ego (aquel
falso personaje que nos inventamos, basados en la mezquindad de la
personalidad) e ir más allá de tan solo la demanda de alimentos y
reproducción. No debemos llevar un ritmo de vida acelerado, de constante alerta,
urgencia, estrés, falta de conexión con el presente, ansiosos y sin paz.
De allí que, no
podrá existir paz en el mundo, si es algo que la gente ni siquiera ha probado
en su interior y si no cuenta con auténticas buenas relaciones (de
involucramiento, cercanía y confianza), que permitan crear personas que
sean verdaderamente pacíficas y tengan algún sentido de integridad dentro de sí
mismas, posibilitando que la paz se disemine. Por lo tanto, el esfuerzo de toda
una vida, debiera orientarse por producir seres humanos pacíficos (que
florecen como primavera en sí mismo).
Con todo ello, por
mucho que se debata sobre pacifismo jurídico y constitucionalismo global, si
antes no orientamos la existencia humana en armonía, equilibrio y con sentido
común, donde cada persona lleve su experiencia de vida de forma agradable, la
paz mundial sólo será una palabra más en el diccionario, que aparecerá con más
frecuencia en los textos teóricos de las declaraciones de buenas intenciones
sobre el derecho a la paz en el Derecho Internacional Humanitario y Derechos
Humanos o, nos enfocaremos en un día en especial (Ej.: cada 21 de septiembre), como recordatorio global para
fortalecer los ideales de paz o, tan sólo servirá en la configuración de frases
teóricas para la retórica.